El encuentro (Algún día volveré)

avenida

Justo en el momento en que se encontraron, el caballero cruzó ante ellas provocando un choque. Julieta que caminaba mirando a su amiga y agarrándola del brazo para enfatizar lo que le contaba, tropezó con él, dejando estampado sobre la blanca camisa el helado de chocolate.

–¡Oh! Dios mío, no sabe cuánto lo siento caballero –exclamó ruborizada llevando su mano izquierda sobre la boca.

–No se preocupe señora, llevo exactamente veinte años esperando este momento.

–Dios, pues ya tiene paciencia –bromeó Miranda con la vista al infinito, mientras sujetaba el bolso de Julieta que intentaba limpiar la mancha de la camisa.

–No se preocupe Julieta, en este momento la mancha es lo de menos –dijo el tipo cogiendo la mano con la que ella limpiaba, la hasta entonces impoluta prenda.

–¿Cómo ha dicho? ­–preguntó con tal asombro que sus espectaculares ojos negros casi se salen de las órbitas.

–He dicho que no se preocupe, no pasa nada ha sido un accidente –respondió elegantemente el señor.

–No, me refiero a como me ha llamado. Lo ha hecho por mi nombre, ¿verdad, Miranda?

–Sí, pero… lo habrá escuchado mientras hablábamos…

–Creo que se equivoca señorita ­–dijo el caballero clavando sus penetrantes y enigmáticos ojos por primera vez en los de Miranda­–. Sé mucho más sobre su amiga de lo que ustedes piensan. Su nombre es Julieta Ros, y está casada con el doctor Mario Mascaró, prestigioso cardiólogo, por cierto. ¿Necesita más datos para confirmar que me refiero a ella?

La cara de Miranda no era de absoluto convencimiento, a pesar de que él había dejado claro que no se equivocaba de persona.

–¿Todavía sigues escondiendo los guisantes en los bolsillos, Julieta? ­–le preguntó. Si había algo que ella odiaba desde niña, eran esas repugnantes bolas verdes que Jorge le obligaba a comer.

Julieta que en ese momento estaba cogida de la mano de Miranda, la apretaba cada vez con más fuerza, clavándole sus uñas de impoluta manicura francesa, porque las piernas le temblaban tanto que creía que se iba a caer desplomada al suelo.

–Ahora mismo, no tengo tiempo para darle más explicaciones, pero estaría encantado de invitarla a cenar para que hablemos detenidamente.

Sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta, en la estaba su número de teléfono junto al de la habitación del hotel.

Ignacio Tesler leyó Julieta para sus adentros.

–Sin duda le llamaré señor Tesler, quiero saberlo todo.

–Estaré encantado de hablar con usted, llámeme. ¡Ah!, y traiga a Escarlata, estoy seguro de que a ella también le gustará saberlo todo.

Cuando escuchó el nombre de su hermana, se quedó perpleja en medio de la calle, tan paralizada, que cuando quiso darse cuenta, el misterioso caballero se había alejado caminando airosamente entre la multitud de La Avenida.

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