Una historia por San Valentín

Nunca he sido muy partidaria de este día. El amor se demuestra a diario, no en la fecha que establezca nadie. A pesar de que cuando era adolescente y salía a cenar con mis amigas desparejadas para celebrarlo, tenía unas ganas inmensas de que alguien me regalase algo, a ser posible, una caja de esas golosinas con forma de mora que tanto me gustan. Eso hubiese sido una gran prueba de amor.

moras

Como imagináis aquello nunca sucedió y yo seguí tan feliz, la verdad. Y resulta que cuando conozco a  alguien, que ahora es mi marido, y me cuenta su teoría sobre San Valentín, se me quitan las ganas de recibir regalos de por vida. Otro día os contaré más sobre él, porque merece un post aparte.

La verdad es que como muchas otras fechas señaladas, San Valentín se está extendiendo, de hecho, hasta mis hijos han traído sus trabajos del colegio. Como no quiero que penséis que soy detractora de esta festividad (nada más allá,  lo que más me gusta es una historia de amor) para demostrarlo quiero regalaros una sacada de mi segundo libro “El primero de un millón de besos”.

Que disfrutéis este día como queráis, eso es lo importante.

Aún es temprano. Javier sale de la ducha y se viste casi sin secarse. Nunca le ha gustado perder tiempo, por lo que mientras se anuda la corbata, enciende la cafetera.

En media hora debe estar en casa de Eva para recoger a su hijo Nano y llevarlo al colegio. Hoy ella tiene turno de mañana, así que les acompaña en el viaje.

Eva prepara el bocadillo para el niño. Lo mete en la mochila junto a un zumo de melocotón y cierra la cremallera con parsimonia masticando un trozo de kiwi.

Luego se maquilla en el baño, compartiendo espejo con el hombre de su vida que se lava los dientes y le sonríe con la boca llena de espuma. En poco tiempo será tan alto como ella.

Se estira el pelo y cuando lo tiene lo bastante tirante, lo ata con una goma. Después, rocía laca para que ninguno se escape a lo largo de la jornada. Repite el proceso con el chico, aunque a él ya no le gusta, y le dibuja una perfecta raya lateral, digna del mejor delineante.

Suena el timbre y los dos recogen las últimas cosas antes de bajar. En el ascensor, ella se mira por última vez al espejo.

Salen a la calle. Hace frío. Javier les espera dentro del coche aparcado en doble fila. A pesar de que ya ha amanecido, algunas farolas siguen encendidas. Los comercios empiezan a levantar sus persianas.

–¡Buenos días! –dice Javier de forma alegre.

–Papá, no olvides que esta tarde tengo partido.

–¿Qué pasa, no me das un beso? –pregunta Javier mirando por el retrovisor.

–Yo sí –dice Eva besándole en la mejilla. Luego pasa los dedos por la cara para quitar los restos de pintalabios rosa.

En poco tiempo llegan a colegio, Nano baja del coche y se despide de ellos agitando la mano antes de atravesar la reja del patio.

–¡Que tengas un buen día! ¡Te quiero!– le grita su madre a través de la ventanilla de Javier echándose sobre él, que aspira y siente cómo se le disparan las pulsaciones con el olor que desprende.

–Mamá… –responde Nano avergonzado porque sus amigos le oigan.

Echa a andar y pocos pasos más adelante, un compañero le rodea por los hombros con el brazo y de esa forma se pierden entre la muchedumbre del patio.

Cerca del centro comercial en el que Eva trabaja, entran en una cafetería a desayunar. Siguiendo la rutina. Luego ella se irá a Zara y él continuará su camino hasta el bufete. Su padre cuando le ve llegar no pregunta, antes lo hacía, ahora sabe que no va a lograr cambiar nada. Se cuestiona ¿por qué? y Javier ¿por qué no?

Eva bebe zumo de naranja y le explica al padre de su hijo los planes de éste para celebrar su cumpleaños.

Javier la mira pero no la escucha, sólo piensa en lo preciosa que es. Tenía dieciséis años cuando se conocieron una noche en el primer bar de copas que él regentaba junto a Nacho.

Beso

A pesar de su juventud, siempre ha sido una chica lista que ha tenido muy claro lo que quería. Es muy llamativa, delgada, de pelo largo y piel morena. Siempre le ha gustado vestir bien, la ropa cara, coleccionar bolsos y zapatos, y sabe que eso cuesta mucho dinero. Así que en lugar de intentar trabajar para conseguir sus objetivos, medró por la vía rápida: salir con él. En el fondo está mal, cada uno elige los medios para lograr lo que quiere.

En cuanto lo conoció, quedó cegada por su faceta de empresario y supo que no le dejaría escapar cuando vio el futuro prometedor que tenía como abogado. Javier es bastante mujeriego, no hace falta pasar mucho tiempo con él para darse cuenta. Para arreglar los deslices, le hacía regalos caros de esos que a ella le gustan, y para asegurase de que esa situación no terminase, se quedó embarazada.

Ahora es Eva quien no presta atención. Mañana es viernes, la noche que reservan para ellos. Cenarán, se irán a casa y pasará la mayor parte de la noche contemplándolo, observando sus largas pestañas, su nariz pequeña, que más que una nariz parece un pegote como le decía  su madre de niño, aún le llama mi chatillo, su boca proporcionada para el conjunto. Admirando su belleza y sintiendo que es muy afortunada por poder despertar junto a él a la mañana siguiente.

pareja

El pitido de la cafetera desde la barra la devuelve a la realidad. Lo mira. Le gusta hacerlo, perderse en sus enormes ojos marrones casi negros, y pensar qué habría pasado, cómo habrían sido las cosas, si aquella tarde mientras los dos miraban  a su hijo tras el cristal en el nido del hospital sin saber qué hacer, ella hubiese dicho que sí, cuando él le preguntó como quien pregunta si te apetece otro refresco, si se casaban.

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